miércoles, 5 de septiembre de 2012

JUAN PUCHADES ESCRIBE SOBRE "LA NOCHE DE SIEMPRE" DE RAMÓN DE ESPAÑA Y MONTESOL

 

“De España y Montesol optaron por fotografiar el momento, por echar mano del costumbrismo previo a la movida (que en Barcelona tuvo su propia idiosincrasia), del realismo crudo encubierto por el trazo rompedor de Montesol”




A principios de los años ochenta, cuando las revistas de cómics poblaban los quioscos y eran el medio natural en el que las historietas llegaban a los lectores (parece que hablemos del medievo, y casi), tres cabeceras nos ofrecieron lo más moderno del momento: la gamberra “El Víbora”, la nunca bien entendida (y algo irregular) “Bésame Mucho” y la exquisita y tan añorada “Cairo”. En estas dos últimas vieron la luz “La noche de siempre” y “Fin de semana”, dos relatos obra del guionista (también periodista, luego novelista, ensayista y cineasta) Ramón de España y del dibujante Montesol (más tarde pintor) que sin tener continuidad (aunque algunos personajes ejercían de secundarios en ambos y el protagonista del primero tenía un cameo en el segundo) sí eran como un díptico sobre la modernidad barcelonesa en el cambio de década. Díptico ácido en el que De España volcaba ciertas dosis de amargura que pueden parecer en una lectura superficial derivadas de la frivolidad del instante histórico retratado pero que, en realidad, hablan de comportamientos humanos alrededor de los veintitantos y que podrían ser extrapolables a otras épocas (aunque con el retraso en la madurez consustancial a las últimas décadas, tendríamos que trasladar las edades de los protagonistas a los treinta y pico o, incluso, a los cuarenta y pocos; y obviar las inquietudes artísticas, que hoy no parecen cotizar demasiado al alza) y otras barras de bar: la chica que no encuentra su vocación, el periodista cultural que fantasea con pergeñar una gran novela, el locutor de rock que ya ha dado algunas vueltas y que se gana la vida como buenamente puede, su compañera adicta a la heroína, el esquivo profesor de instituto y sobrio literato, los hippies colgados en tiempos pretéritos, la juguetona y ociosa chica de la burguesía (¡¿todavía podemos hablar de burguesía?!), el eterno aspirante a cinesta, los pintores modernos… Una fauna que arrastra frustraciones y soledad y que, en el fondo, solo trata de compartirlas con otros especímenes (preferentemente en pareja). Por supuesto que tanto narración como ambientes y personajes son muy de los primeros ochenta y de aquella Barcelona en la que todavía no había estallado la nociva fiebre del diseño (estaba a la vuelta de la esquina), pero también es como un gran fresco de esa España de la época que se quitaba las legañas a golpe de esperanzas por salir de la mediocridad, aunque se viviera plenamente inmerso en ella y sin ser muy consciente, como muy bien se aprecia en estas obras.
Siempre he creído que estos dos álbumes, ahora reunidos por fin en un solo volumen, son de lo mejor que dejó la historieta española en la década de los ochenta: mientras que la mayor parte de dibujantes y/o guionistas vanguardistas del momento se perdían en aventuras inspiradas por lecturas infantiles y adolescentes puestas al día (legando a la posteridad miles de hermosísimas viñetas en las que se olvidó lo más importante: contar historias sólidas), De España y Montesol optaron por fotografiar el momento, por echar mano del costumbrismo previo a la movida (que en Barcelona tuvo su propia idiosincrasia), del realismo crudo encubierto por ese trazo rompedor de Montesol, que no era precisamente el más dotado o elegante dibujante de su generación, pero que, precisamente por ello, con su pincel dinámico y funcional, logró dotar de credibilidad a las ideas del agrio (siempre con un leve deje humorístico e irónico) guionista. Más tarde, y antes de abandonar el siempre sacrificado oficio de historietista, Montesol incidiría, desde “Cairo”, con historietas propias con las que siguió pulsando las teclas de la Barcelona trasnochadora: recogidas en los álbumes “Vidas ejemplares” y “Opisso y Dora”.
Tres décadas más tarde, la lectura de “La noche de siempre / Fin de semana” confirma la nebulosa impresión personal que uno guardaba: de lo mejor del tebeo moderno de aquel periodo y de lo mejor de la historieta española de todos los tiempos. Los aficionados a la música, además, hallarán en sus páginas muchas canciones y algunas sutiles reflexiones también muy del momento, y los curiosos reconocerán, en las barras de los bares, a algunos personajes reales de aquel tiempo. Pese a la desazón con la que se cierra cada uno de los relatos, lectura imprescindible.
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